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“De mis paseos con Mercedes” – Sociedad – Tarifa – Tarifaaldia – Diario de Tarifa- Primer diario digital de Tarifa

Voy a las nubes… me dijo una vez cuando la fui a recoger. Vaya frase mas hermosa, Mercedes le dije. Me miró… pero no me dijo nada.

 

Yo conocí a Mercedes, cuando vine a vivir aquí. Menuda, de ojos azules, delgada y muy guapa. Era una trabajadora incansable igual que lo es Aurelio, su marido. Estos vecinos tienen una preciosa finca aquí en el Valle de Guadalmesí. Pero poco a poco Mercedes empezó a manifestar los síntomas de la terrible enfermedad de Alzheimer.

 

Cuando empecé a dar paseos con ella, para liberar un ratito a Aurelio, no sabía cómo actuar cuando llegaba a su cancela y me la encontraba en el patio. Su marido me abría el candado de la cancela de entrada; había que cerrar con llave, ya que a veces se escapaba y los vecinos y su marido tuvimos que salir a buscarla.

Pedí información a mi querida Esther Zambrano, médica de las que lo son por vocación. No sabía cómo dirigirme a Mercedes, como responder a sus diálogos, a su manera de expresarse, con frases que se le iban entendiendo cada vez menos.

 

Me dijo Esther, cuando la recojas le dices quién eres. Así lo empecé a hacer. Buenos días Mercedes, soy Lidia, tu vecina. Vengo para ir a dar un paseo juntas. Y desde que hacía eso me respondía con una sonrisa y una mirada limpia de sus preciosos ojos azules.

 

Y continuó Esther: cuando ella pueda hablar algo que se le pueda entender, y te nombre a sus antepasados ya fallecidos, le sigues la conversación. Nuestro paseo es normalmente hacia el mar. Mientras bajamos, a menudo repara en las flores, en los arbustos, y en las hojas; siempre le encantaron las plantas, hay muchas en su patio. Más de una vez cogía alguna margarita y otras flores silvestres y hacía un pequeño ramo que llevaba en la mano; se paraba, las miraba, las olía y seguía andando agarrada de mi brazo.

 

Durante un tiempo mantuvimos alguna conversación: mi madre viene con nosotras, ¿no tendrá esta mujer nada mejor que hacer? y yo le respondía, pues que bien ya somos tres; o esta otra: ¡qué pesado está Aurelio! Y se reía… y yo con ella. A menudo se ponía a cantar, y lo hacía francamente bien, capaz de memorizar párrafos enteros:

 

Ojos verdes

verdes como la albahaca,

verdes como el trigo verde,

y el verde, el verde limón…

Un día le dije: Mercedes voy a cantar yo. Y canté otra estrofa de esa copla que recordaba gracias a que mi madre también la cantaba. Se paró en seco, me miró, y me dijo: ¡Cantas fatal! ¡Cómo me reí esa tarde!

 

Para mí, pasear con Mercedes es otro regalo que me da la vida en el valle de Guadalmesí. Aurelio y Mercedes llevan muchos años en esta preciosa aldea, él cultiva además una fantástica huerta llena de verduras y ricos frutales. Sus nueces, chirimoyas, limones, naranjas e higos chumbos, entre otros, son deliciosos.

 

Llegamos al mar y nos sentamos en una de las piedras, cantos rodados que tiene la playa, y que son tan bonitos. Durante un tiempo parecía que el mar la tranquilizaba, es más, me dijo un día: ­-¡Qué bonito está! -Pero últimamente, le cuesta estar tranquila y parada; muestra más inquietud cada vez. -¿Qué hacen esos coches ahí en el mar? -Me preguntó un día, mirando al horizonte.

 

-Son barcos Mercedes. -le digo yo. -¿Y por qué flotan? -me pregunta. -Pues al parecer por el principio de Arquímedes, Pero no se explicártelo vecina. Fernando me lo ha explicado varias veces, pero rápidamente se me vuelve a olvidar, como algunas cosas a ti. No te preocupes, no pasa nada. -remato. -Vale. -me dice.

 

Aurelio la cuida y la mima con una paciencia infinita, y siempre tiene miradas amorosas hacia ella, nunca le he oído una mala palabra de enfado, y eso que Mercedes a veces muestra ya cierto grado de agresividad, dado el avance de su enfermedad.

 

Últimamente nuestros paseos están llenos de silencios maravillosos, o de diálogos inconexos que yo recibo con un: claro Mercedes, así es desde luego; y ella parece encantada con mis respuestas. La primavera pasada nos parábamos a oír los números cantos maravillosos de los pájaros, entre ellos los ruiseñores, que nos acompañaban en nuestros paseos. Ahora nos toca escuchar este maravilloso concierto, vecina, le decía yo; ella parecía disfrutarlos tanto como yo. Después la devolvía a su casa, y ella agarraba de nuevo uno de los muñecos que tiene, con los que juega, hablándoles con una infinita ternura que a mí me conmueve; igual que les habla a las numerosas mascotas que tienen, entre ellos varios gatitos. Y dos perros, Negro y Messi a los que ella adora igual que ellos a ella, porque lo noto en sus miradas y en las caricias que le regalan a Mercedes; y porque ellos saben lo que está viviendo su dueña. Más de una vez se vienen también al paseo.

 

Mercedes sigue sonriendo, aunque solo sea de vez en cuando. Porque… esta maldita enfermedad no le va a quitar, de momento, la sonrisa a mi querida vecina.

Fuente: Tarifaaldia :: Últimas noticias

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